Creo que vos caéis en el error frecuente de quienes limitan el mundo espiritual a las regiones del bien supremo. Los seres extremadamente perversos forman también parte del mundo espiritual. El hombre vulgar, carnal y sensual, no será jamás un gran santo. Ni un gran pecador. En nuestra mayoría, somos simplemente criaturas de barro cotidiano, sin comprender el significado profundo de las cosas, y por esto el bien y el mal son en nosotros idénticos: de ocasión, sin importancia.
Los grandes, tanto en el bien como en el mal, son los que abandonan las copias imperfectas y se dirigen a los originales perfectos. Para mí, no existe la menor duda: los más excelsos, entre los santos, jamás hicieron una «buena acción», en el sentido corriente de la palabra. Por el contrario, existen hombres que han descendido hasta el fondo de los abismos del mal, y que, en toda su vida, no han cometido jamás lo que vosotros llamáis una «mala acción».
Si en los países ricos se tiene en tanta estima al bienestar de los animales, no es porque en esos lugares la gente sea más consciente del sufrimiento de los seres, sino porque ahí, secretamente (a voces), el hombre se desprecia a sí mismo y a su semejante, y ve en aquellas criaturas reflejada la paz, la armonía y sinceridad que ha perdido, que ha cambiado, que ha vendido.
Así pues, el auto denominado hombre moderno, civilizado, se manifiesta a favor de los derechos animales y en contra de su explotación, al mismo tiempo que coarta los derechos de sus semejantes y los reduce a utensilios, simples engranajes intercambiables de la gran maquinaria del mercado. Pero de ésto no se queja, por ésto no protesta sino lo justifica a través de las falsas promesas de bienestar y progreso.
En los países pobres, en cambio, un perro sigue siendo un perro, y un gato es sólo un gato. La vaca, el pollo, no son meros ingredientes. Se les respeta en tanto que su sacrificio significa la continuidad de la vida. Y ahí justamente, aunque cada vez menos, la vida de un hombre sigue siendo el bien más preciado, por ser, casi siempre, el único.
Llevé pastel de zanahoria a la oficina para compartir. Es una práctica común por estos lugares, llevar cosas que te gustan, cosas que tú hiciste o cosas típicas del lugar de donde vienes.
Al final del día, practicamente nadie le había hecho caso a mi pastel. A decir verdad, estaba un poco desilusionado. Era la última vez que llevaba algo a la oficina para compartir, pensé.
Lo comenté con alguien que, a propósito, me contó la fabulosa historia de un vendedor de desperdicios, quien ante la pregunta de por qué cobraba lo que vendía si sabía que era sólo basura, respondía: por que si lo das gratis piensan que no es bueno, y nadie lo quiere.
Recordé y compartí (gratis, pero a cambio de otra historia) un relato acerca de mi madre, médico de profesión, que atendía a pacientes de escasos recursos económicos cobrándoles lo que pudieran pagar, por muy poco que fuera, casi un pago simbólico. Y ella decía también que, de otro modo, esas personas no valorarían lo que se hacía por ellas y lo darían por caridad, en el sentido deplorable que hoy en día se le da a tal concepto: las sobras.
Mientras meditaba sobre todas estas ideas, y esperaba a que mi mente las procesara, decidí descargar, de manera ilegal, un par de temas musicales, para hacer más llevadera la espera (uno nunca sabe cuánto pueden tardar las ideas en procesarse, menos en una mente tan divagadora como la mía).
Casi a la mitad de la descarga, pensé que muchas cosas como esos temas musicales tienen un precio, pero ¿para qué pagar lo que puedes obtener gratuitamente?
Recordé otra ocasión en la que un ex-compañero de trabajo intentaba justificar la compra de un sistema de cómputo que costaba literalmente millones. Sin embargo la solución que proveía podía fácilmente implementarse utilizando alternativas gratuitas o de bajo costo. Su principal argumento era: si cuesta tanto, debe ser bueno. Y la verdad es que era sólo tan bueno como cualquier otra solución estándar, por no decir mediocre.
Al final, y gracias a la letra de uno de mis temas musicales recién e ilegalmente descargados que hablaba de amor y desamor, de dar y recibir, de quitar y de perder, extrapolé por analogía del dominio del amor al dominio de los bienes materiales: si te lo dan gratis, no lo quieres, si te lo cobran, no lo quieres pagar. Así todo. Desde las deficientes implementaciones del socialismo a través de la historia hasta el capitalismo más liberal. De la salud y educación públicas a las élites excluyentes y segregadoras de la privatización. De los pasteles de zanahoria para tus compañeros de trabajo a las descargas de música ilegales. La lista es prácticamente interminable.
Llegué a la conclusión de que la verdadera causa de ésto tiene sus raíces profundamente arraigadas en lo que otros llaman la condición o naturaleza humana.
En una cultura no escrita, la memoria humana es de la máxima importancia, como pasa con los proverbios, refranes y canciones que contienen la sabiduría oral acumulada de siglos. Por eso el rey Salomón fue considerado como el más sabio de todos los hombres. En Reyes I nos cuentan que sabía hasta 3000 proverbios. Pero en la cultura escrita, estas hazañas de la memoria son consideradas una pérdida de tiempo, y los proverbios son simplemente fantasías irrelevantes. La persona de la era de la imprenta tiene el hábito de la organización lógica y el análisis sistemático, no escribe proverbios. La persona de la era del telégrafo valora la velocidad, no la introspección. La persona de la era televisiva valora la inmediatez, no los hechos históricos. La persona de la era de los ordenadores, ¿qué podemos decir de ella? Quizás podamos decir que la persona de la era de las computadoras valora la información, no el conocimiento, ciertamente no la sabiduría. De hecho, en la era de las computadoras, el concepto de sabiduría puede que no tarde en desaparecer por completo.
Era un gran rancho electrónico con nopales automáticos con sus charros cibernéticos y sarapes de neón
Era un gran pueblo magnético con Marías ciclotrónicas tragafuegos supersónicos y su campesino sideral
Era un gran tiempo de híbridos era Medusa anacrónica una rana con sinfónica en la campechana mental
Era un gran sabio rupéstrico del universo doméstico pitecantropus atómico era líder universal
Había frijoles poéticos y también garbanzos matemáticos en los puebos esqueléticos con sus guías de pedernal
Era un gran tiempo de híbridos de salvajes y científicos panzones que estaban tísicos en la campechana mental en la vil penetración cultural en el agandalle transnacional en el oportunismo norteño-imperial en la desfachatez empresarial en el despiporre intelectual en la vulgar falta de identidad
Contrariamente a lo que piensa la gente, el siglo XX no fué particularmente sanguinario.
Las guerras dejaron 100 millones de muertos. Es una cifra generalmente aceptada.
Añada 10 millones de los goulag rusos. Los campos chinos, probablemente nunca lo sabremos, pero digamos 20 millones.
Bien, eso hace 130-135 millones de muertos; no es muy impresionante.
Si pensamos que en el siglo XVI los españoles y los portugueses se las arreglaron, sin cámaras de gas ni bombas, a hacer desaparecer 150 millones de indígenas de América Latina.
¡Eso sí que es trabajo, Hermana! ¡150 millones de personas con hacha!
Usted me dirá que tenían el apoyo de la Iglesia, pero... Es al fin y al cabo un gran trabajo, ¿no?
A tal punto que en América del Norte, los holandeses, los ingleses, los franceses y eventualmente los americanos se sintieron inspirados y degollaron, a su vez, 50 millones.
¡200 millones de muertos en total!
La más grande masacre de la historia de la humanidad, sucedió aquí, a nuestro alrededor. Y ni siquiera el más pequeño museo del holocausto.
La historia de la humanidad, Hermana, es una historia de horror.
Si los hombres crean o imaginan máquinas inteligentes, es porque desesperan secretamente de su inteligencia, o porque sucumben bajo el peso de una inteligencia monstruosa e inútil: la exorcizan entonces con máquinas para poder burlarse y reírse de ella. Confiar esta inteligencia a unas máquinas nos libera de cualquier pretensión al saber, de la misma manera que confiar el poder a los políticos nos permite reírnos de cualquier pretensión al poder.
Si los hombres sueñan con máquinas originales y geniales, es porque desesperan de su originalidad, o porque prefieren desasirse de ella y gozarla por máquina interpuesta. Pues lo que ofrecen esas máquinas es el espectáculo del pensamiento, y los hombres, al manipularlas, se entregan al espectáculo del pensamiento más que al mismo pensamiento.